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Fotogramas sobre el amor y la soledad (Making off de un poema)



(c) Pilar Pareja de Castro



El título no és mío. La imagen, mucho menos. Pertenencen ambos al universo creativo de Pilar Pareja de Castro,  fotógrafa (y mucho más, por supuesto). Sin embargo, me han servido los dos para retomar este blog, este espacio de expresión dede una perspectiva diferente a la que he venido utilizando en las últimas publicaciones. Tenía ganas de hacerlo y, profundizar en la forma en que fui componiendo el poema que acompaña y se inspira en la serie a la que pertenece esta sugerente imagen, me pareció una forma más que aceptable de hacerlo. Si no por el interés del texto en si, por lo menos, volver a pensar el proceso creativo y disfrutar las imágenes de nuevo sí que merecía la pena.

Conocí el trabajo de Pilar a través de Instagram (allí ella es @viansullivan) atraído por una particular forma de ver escenas y elementos cotidianos a través de su filtro más que genuino, un delicioso hormigueo en los sentidos. Una fórmula rara que combina espontáneas y aleatorias dosis de sensibilidad, irrealismo mágico, crítica social, un tanto de provocación y un sentido del humor con el que va  remendando los trapos del alma. Un mundo que se crece aún más en su dimensión sensible cuando se pone a trabajar "pensando" las fotografías que publica periódicamente en su blog. Su mirada, su sentir, su todo y su nada. Esto tampoco lo digo yo. Lo dice ella. Lo descubrí hace poco, el blog, y a decir verdad, todavía no he podido detenerme en todas las imagenes que allí laten. Son para saborear despacio. Pero coincidíó, por esos días de descubrimiento, que publicó una entrada con el título "Fotogramas...sobre el amor y la soledad" y no pude dejar de visualizar las fotografías una y otra vez, sorprendido, atrapado, intentado buscar ese hilo narrativo con el que nuestra lógica pretende hilvanar cada paso que damos en la vida. Como queriendo construir una teoría causal que siempre acaba sosegando la costumbre en la que se acomodan las neuronas de nuestro hemisferio racional. Me gusta anotar ideas, frases, primeras impresiones que me sugieren las fotografías. Creo que ya lo he dicho alguna vez por aquí, pero me encanta mirar fotografía. Desde la perspectiva (la única posible en mi caso) del espectador, la del aficionado al arte, que se deja llevar por las emociones que le provocan, no desde la del crítico ni mucho menos la del experto. Para mí, cualquiera de estas fotografías podría hablar de forma independiente y aislada de una mirada melancólica que guarda algún secreto, algún dolor, algún resquicio de amor que pervive y busca su esperanza. Cada una de ellas podría haberlo dicho, cada una con sus matices y singularidades, desde diferentes perspectivas. Seguí anotando. Inicié alguna estrofa y hasta algún acorde. Pero sentía que realmente existía ese hilo narrativo, que me perdía algo. Así que pregunté directamente a Pilar por la historia. Le dije que estaba intentando escribir algo sobre esas fotografías y ella me contó un making off un tanto accidentado y me recomendó un par de películas del director hongkongonés Wong Kar-Wai, especialmente 2046. Pura poesía visual, un lenguaje delicado, un ritmo que atrapa en su paso calmo, una fotografía que permite trascender los tiempos y los espacios que conocemos. Me contó que la estética de su serie era un pequeño homenaje a ese cine que tanto le gusta y que ahora yo sólo he empezado a degustar.

 



Con todo este material informativo y sensitivo empecé a trazar varios borradores que no acabaron de convencerme porque quedaban demasiado limitados. Puede que haya ocasiones en que un exceso de información llegue a ser contraproducente para la interpretación libre del arte. A mí me gusta combinar las dos cosas -libertad interpretativa e información- en diferentes dosis. En este caso, el hecho de haber podido zambullirme en el lenguaje de esa maravillosa película y en el guión original de Pilar me dieron un tempo y una perspectiva sensible sin la cual el poema no hubiera sido o hubiera sido otra cosa.

Para mí, lo más complicado de un poema es el principio. Normalmente tengo muy claros los finales, pero la forma de ubicarme en un inicio de texto me cuesta mucho. Necesito no perder de vista esa idea final que, en realidad, luego acaba siendo modelada por el trayecto de las palabras. Y eso es lo mejor, que de la propia construcción vaya creciendo una entidad diferente y con vida propia. Cuando raramente consigo eso, se me pega una expresión idiota en la cara que me dura días, pero que me encanta. Por eso creo que sería incapaz de escribir una novela. Habrá quien pensará que tampoco poesía, pero yo siento que me desenvuelvo mejor en los textos cortos y concentrados en los que las palabras pueden mirarse de cerca sin perderse, aunque en el fondo siempre quieran mirar mucho más allá y prolongarse lejos. Normalmente acabo dejándolo a la intuición o a mi socorrido método de prueba-error. Como aquí. Después de probar varios puntos de vista me decanté por el más honesto y sencillo. El del voyeur que sigue y persigue a la protagonista de las fotografías en su deambular urbano, en esa desubicación que tan bien ha conseguido Pilar mezclándola entre la gente, haciéndola caminar por callejones más propios de otros géneros visuales, metiéndola en un bar... Al final era eso lo que iba haciéndome fluir en el texto. Pensé en el ritmo visual de la película que me recomendó y me sentí siguiendo esos pasos lentos. Esas paradas largas. Esas miradas que dicen todo lo que se calla largamente. Mientras iba escribiendo y mirando imágenes, iba pensando en cuántas veces no es eso la soledad. No tanto la falta de personas figurantes más o menos cercanas a nuestro alrededor, sino la profunda sensación de no encajar en los escenarios que frecuentamos en la vida. Pero ella siguió caminando hasta perderse entre los transeúntes. Parecería fácil que alguien supiera dónde estaba, hacia dónde había ido, no pasaría desapercibida, a priori, con su prenda llamativa. Pero ese kimono a mí se me antojó como un vestido interior, como el envoltorio mágico y misterioso de un hiriente secreto solo visible para quien tuviera el valor de pararse a mirar y a tratar de sentir el dolor ajeno. Por eso nadie me dio respuestas. La indiferencia. Una epidemia en nuestros días. Quien se detenga a mirar las fotografías sabrá lo que he intentado decir. O no. Y no le faltará razón. Porque para eso está la poesía y también la fotografía como arte, para quitarnos la razón y regalarnos sentimiento.

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